.El nutricionista, ahora expulsado de su colegio de médicos, y el bioquímico de La Laguna protagonizaron sendos fenómenos sociales en Francia y Canarias en el año 2000

.Los factores 1 y 2 provocaron un debate exaltado y desconcertante en las islas sobre ciencia y salud

.Las dietas ‘milagro’ desatan pasiones en el siglo XXI

.La obesidad, conceptuada como pandemia, llena gimnasios y circuitos de jogging, y es blanco de granujas y timadores que prometen perder kilos por arte de magia

 La expulsión del polémico doctor Dukan por parte del colegio de médicos francés –del que se había dado baja antes voluntariamente-, contrario a su método milagroso contra la obesidad –seguido, según su autor, por 40 millones de personas en el mundo-, invita a ‘desempolvar’ otro fenómeno social, que, a menor escala, pero con grandes resonancias políticas y judiciales, protagonizó en Canarias el doctor Meléndez, coetáneo del éxito del francés: ambos lograron notoriedad, a su escala, en el año 2000.

Los ‘polvos de Meléndez’ contra el sobrepeso y las lesiones óseas desataron entre ese año y finales de la década una ola de seguidores y detractores, que ahora, bajo un repentino olvido social, parece un asunto remoto, perdido en el tiempo.

La nueva pandemia de la obesidad (cuya incidencia en Canarias es alarmante) genera una clientela potencial de productos naturales y no tan naturales y de dietas prodigiosas para bajar de peso en tiempo récord. Una de las empresas especializadas en complementos nutricionales para el adelgazamiento es la norteamericana ‘Herbalife’, que goza de gran penetración en España, no exenta de controversia sobre posibles efectos secundarios, a raíz de algunas denuncias en 2008 sobre intoxicaciones hepáticas nunca verificadas oficialmente. La fiebre de los gimnasios y los circuitos de jogging o footing ha ido en aumento.

Si bien Pierre Dukan logró en Francia que François Hollande siguiera su ‘régimen’ en 2012 antes de ser elegido presidente de la República, en nuestras islas, el bioquímico Enrique Meléndez contó, asimismo, con conocidos políticos locales que creyeron en él durante la primera década de este siglo.

El auge de las dietas ‘milagro’ para adelgazar cuenta con nombres propios que han alcanzado una notoriedad cuestionable, pero, sin duda, también muy rentable. La expulsión del doctor Dukan del colegio de médicos francés no hace sino poner de manifiesto que esta especie de héroes contra la obesidad, que aseguran haber dado con la fórmula mágica para perder peso, son personajes objeto de una gran controversia sobre la legitimidad científica de sus enseñanzas. Como en el citado en Canarias de los polvos de Meléndez, el doctor Dukan y cuantos abanderan recetas heterodoxas provocan en la opinión una drástica división entre seguidores y detractores y el rechazo por lo general de la comunidad científica. Alcanzada la fama de gurú, Dukan no ahorró en buscar titulares. En  una ocasión, mientras promocionaba su libro ‘No consigo adelgazar’, dijo que “los gordos no están bien de la cabeza” y en otro momento propuso, entre un aluvión de protestas, que a los jóvenes delgados les deberían subir las notas de sus exámenes.

Los misteriosos aminoácidos

En Tenerife, en la pasada década, obtuvo gran repercusión un hallazgo calificado de espectacular por sus autor, ‘los polvos de Meléndez’, obra del catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de La Laguna, Enrique Meléndez-Hevia, que a través de su Instituto de Metabolismo Celular estableció una pauta para adelgazar y otras aplicaciones curativas en base a los efectos de los aminoácidos en el organismo humano.

Miles de personas accedieron a probar los polvos del científico, que los distribuía en botes: Factor 1 y Factor 2.  Los primeros (glicina), según difundió masivamente en los medios de comunicación, ayudaban a combatir las lesiones óseas, mientras los segundos (ácido l-aspártico) eran indicados en la diabetes del tipo 2 y la obesidad. La glicina es un aminoácido esencial para la formación de los huesos y su déficit (el cuerpo no produce una cantidad suficiente) explica el deterioro de aquéllos (artrosis y demás), mientras el ácido l-aspártico es un nutriente desbloqueador del consumo de grasas y, combinado con una dieta pobre en carbohidratos, resulta eficaz contra el sobrepeso, según explicaba en constantes apariciones públicas un profesor universitario reconvertido en nutricionista de éxito multitudinario a partir de un estudio matemático del metabolismo humano, que, a su juicio, revolucionaba la ciencia humana. Su gloria no tardó en traerle problemas con las autoridades, la justicia y sus propios colegas: la comunidad científica y académica. Meléndez, solo ante el peligro, no pestañeó, como un Quijote convencido de sí mismo, y las aspas de los molinos le dejaron secuelas hasta hoy.

Las lista de patologías que Meléndez aseguraba poder paliar con sus factores era, sin duda, ambiciosa: obesidad, artrosis, artritis, asma, cáncer, colesterol, diabetes, envejecimiento, hipertensión, soriasis, disfunción eréctil, tabaquismo y presbicia…”

Los aminoácidos (que, según decía, corregirían la indebida alimentación) son los elementos esenciales de las proteínas. El colágeno, proteína básica para la piel y los huesos, necesita de la glicina. En sus múltiples conferencias y entrevistas trató de convencer a la sociedad de las bondades de compensar la deficitaria producción de glicina del organismo con un suplemento en la dieta. De otra parte, el ácido l-aspártico, su panacea contra la obesidad, induce al metabolismo a consumir las reservas de grasa como combustible energético, y, por tanto, es determinante para adelgazar.

La bibliografía Meléndez

En un riguroso artículo sobre la ‘historia’ científica del caso Meléndez, Félix Alexis Morales indaga en las publicaciones del bioquímico sobre sus experimentos con los ‘polvos’, en la bibliografía biomédica, a través de su mejor base, ‘Medlin’. Y reconoce que, en 2008 y 2009 (comenzó en 2000 sus ensayos), insertó en ‘Journal of Bioesciences’ dos trabajos sobre el Factor 1, la glicina, a falta de conocer sus resultados sobre el Factor 2, el ácido l-aspártico.

El polémico investigador creó su instituto en 2004 y tramitó su patente de dichos aminoácidos en EE.UU. El tratamiento contra la obesidad (Factor 2) solía durar dos meses. Las autoridades (la Dirección General de Farmacia de la comunidad autónoma y la Agencia del Medicamento) calificaron sus ‘polvos’ de medicamentos ilegales y paralizaron su distribución, bajo la acusación de estar realizando un ensayo clínico con seguros humanos sin el debido filtro ético y ensayos clínicos que establece la legislación sobre nuevos fármacos. Meléndez sostuvo siempre que sus ‘polvos’ no eran medicamentos, sino nutrientes.

El entonces director general de Farmacia, Alberto Talavera, hizo un llamamiento  a médicos y pacientes para que se abstuvieran de ingerir los ‘polvos’: “Ellos dicen curar cientos de enfermedades como si tuvieran el bálsamo de Fierabrás”, pero alertó de posibles efectos secundarios. Miles de seguidores de la dieta de Meléndez acudieron a su chalet en La Manzanilla (La Laguna, Tenerife) para retirar los últimos botes con la mágica pócima, antes de su incautación, al intervenir la Consejería de Sanidad, que ordenó la clausura del centro. La Agencia Española del Medicamento y Productos Sanitarios (Ministerio de Sanidad) no tardó en emitir una alerta de medicamentos ilegales, para la completa retirada en el mercado de los controvertidos ‘factores’.

Sentencias, polvos y cenizas

Aquella esperpéntica batalla gubernativa y judicial, con gran aparato mediático, en la que Meléndez fue defendido por el abogado y exfiscal general del Estado, Eligio Hernández, desembocó en 2009 en sendas sentencias del Tribunal Superior de Justicia de Canarias y el Tribunal Superior de Justicia de Madrid, a favor de la tesis del bioquímico, según la cual sus ‘polvos’ son nutrientes, en lugar de medicamentos. Pero, para entonces, el padre del ‘milagro’ declaró estar arruinado (había llegado a dispensar sus ‘factores’ a unas 45.000 personas) y, más tarde, admitiría que el proceso lo había obligado a desvelar todos los secretos de su fórmula y, una vez legalizados los ‘polvos’, cualquiera –como así fue- los podría comercializar. Se había quedado sin derecho al copyright.

Las cenizas (que ya no polvos) del caso Meléndez recobran así una cierta actualidad por el momento anecdótica, a falta de futuras revelaciones del propio científico sobre su misteriosa investigación. Tras el éxito y el escándalo regresó a su anonimato. Conocí al singular científico cuando era un joven profesor que tocaba la guitarra en la intimidad e interpretaba canciones protesta. Luego, al cabo de muchos años, una vez saltó a la luz su impactante terapia de ‘polvos mágicos’, seguí la evolución de los acontecimientos en prensa, radio y televisión. Hablé mucho con Meléndez, viví su ascenso meteórico y su fulminante caída en el olvido. Ahora tengo curiosidad por volver a hablar con él  y conocer cómo le va, ya sin la presión de vivir bajo los focos.

Un cambio, Dukan, que saltó a la fama en el año 2000 con la aparición de su bestseller ‘La Dieta Dukan’, a quien la salida forzosa del colegio de médicos francés le causa en realidad poco daño, dado que ya está jubilado, a los 70, ha conseguido vender 13 millones de su libro manual (al precio de seis euros) y su método, como se indicó, lo siguen, según afirma, 40 millones de personas (algunas celebrities como Jennifer López, Kate Middleton, o el mencionado Francoise Hollande).

Las dietas estúpidas

En el universo casi paranormal de las dietas voluntaristas, los usuarios se enfrentan a un acto de fe, más allá del efecto placebo convencional. En estos casos, el obeso no se autoengaña: cumple la estrategia y comprueba los resultados, en algunos casos realmente espectaculares en los primeros días. Pero la fe radica en creer que al final de la dieta no aguarda el diablo, sino Dios, y suele suceder justo lo contrario: el efecto rebote desencadena un sobrepeso vertiginoso que redobla las marcas de partida.

Algunas dietas estúpidas alimentan la leyenda urbana que acompaña al género. La ‘Dieta de los limones o ‘dieta ácida’ (aplicada y denostada por Beyoncé) consite en beber durante varios días jugo de limón exprimido con agua y pimienta para desintoxicar el organismo, y añadir únicamente verduras. La ‘Dieta de la Solitaria’, ingeniada por el doctor Kilian Uttembers, parece un chiste malo: se trata de introducir el parásito en el organismo para que devore las grasas. La ‘Dieta de la Luna’ se basa en la creencia de que los astros influyen en el metabolismo: se ejerce un estricto ayuno de 26 horas a partir de cada cambio del ciclo lunar, durante el cual solo se pueden tomar líquidos, con el objetivo de desintoxicar el organismo. La ‘Dieta del sushi:  El agente de una modelo le recomendó una pieza de sushi al día. Ella desoyó su consejo. La ‘Malla supralingual’, muy popular y dolorosa en la República Dominicana, consiste en cubrir con puntos de sutura o grapas una malla de material quirúrgico en la lengua durante 1 o 2 meses, ya que se garantiza no ingerir alimentos sólidos por el dolor que ocasiona. La ‘Dieta de las galletas’:  el doctor Siegal propuso comer solo galletas de chocolate o de nueces para ‘matar’ el apetito antes de cada comida. La ‘Dieta del hoy dog’, originaria de los Estados Unidos, pretendía la pérdida de 4 kilos en tres días a base exclusivamente de hot dogs y helados de vainilla. La ‘Dieta del alimento crudo’, una de las ocurrencias favoritas de la red, es obra  de la británica Susan Reynolds, de 29 años, que sostiene que su aspecto adolescente y carácter optimista se deben a que desde hace 7 años ha sustituído los alimentos cocinados por frutos secos, verduras y frutas. La ‘Dieta del corsé debe su nombre a la prenda bien ajustada que aspira a reducir la cintura y el estómago llevándola puesta entre 6 y 8 horas al día durante 5 días de la semana. La ‘Dieta del sueño’, que data de los 70 y sugiere que si estamos despiertos comemos, pero si dormimos no. Al parecer, Elvis Presley era su mejor cobaya.En los siguientes términos previene el Ministerio de Sanidad y Consumo, a través de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición, respecto a algúnas dietas ‘milagro’.

Dieta de Atkins

La dieta Atkins, pese a sus graves deficiencias, es muy popular en todo el mundo. Hasta el punto que el nombre del médico estadounidense que la inventó ha dado paso a una empresa que factura cerca de 100 millones de euros anuales con libros que superan los 45 millones de copias. Promete bajar de peso pronto, permite comer lo que otras muchas dietas prohíben y desecha los alimentos tildados de aburridos, como verduras y leguminosas. El truco consiste en consumir grandes cantidades de proteínas y un mínimo de carbohidratos para adelgazar.

La dieta Atkins se basa en un consumo casi exclusivo (90%) de proteínas procedentes de carnes rojas, embutidos, quesos, huevos, mariscos, mantequillas, margarinas, aceites, mayonesas, mantecas, cremas de leche o yogur entero, etc. Se deja un mínimo espacio (10%) a hidratos de carbono extraídos de las verduras y frutas, y quedan prohibidos alimentos tales como las pastas, harinas, arroz, pan y bollería, legumbres, azúcar, bebidas alcohólicas y leche.

Este tipo de dieta pertenece al grupo de dietas milagrosas llamadas científicamente “dietas cetógenas”. En ellas se retira absolutamente el consumo de hidratos de carbono y se potencia el consumo de proteínas y grasas. El consumo de hidratos de carbono es la principal fuente de energía del organismo, es el primordial sustrato energético. Para Atkins la insulina es la hormona responsable del aumento de peso. La ingestión de azúcar o de cualquier hidrato de carbono hace que se estimule esta hormona, por lo que, según esta errónea teoría, el azúcar es el alimento más peligroso. Sin embargo, si se consume grasa se estimula la secreción de acetona, suprimiendo la sensación de hambre.

Cuando el organismo no dispone de este nutriente para obtener energía empieza a quemar las grasas por una ruta metabólica particular, produciendo los llamados cuerpos cetónicos, que se utilizarán como fuente energética a falta de hidratos de carbono. El resultado es el aumento en sangre de cuerpos cetónicos y sus productos de desecho, entre ellos la acetona.

Este tipo de dieta provoca la falta de apetito, halitosis o acetona en el aliento, estreñimiento, aumento del colesterol sanguíneo, aumento de los niveles de ácido úrico y, en algunas situaciones, riesgo cardiovascular por el excesivo de consumo de grasas o sobrecarga del riñón por el exagerado consumo de proteínas.

Por el contrario, en una dieta equilibrada los hidratos de carbono deben aportar entre el 50 y 60% de la energía total. Así, los cereales (pan, pasta, arroz, etc.), especialmente los integrales, las patatas y las legumbres deben constituir la base de su alimentación y representar un tercio de los alimentos ingeridos diariamente.

Dieta de la Clínica Mayo

La dieta de la Clínica Mayo ha sido famosa durante muchos años, y a pesar del nombre referente a la Clínica Mayo, esta institución no se identifica con este régimen dietético. Consiste en seguir una dieta en la que los huevos son el alimento principal, pudiendo ingerirse entre 4 y 6 diarios. Otros alimentos que componen el menú son pescados, aves, carnes, verduras, frutas, frutos secos y productos integrales. Todos ellos cocinados sin grasas. El té y el café son las únicas bebidas autorizadas, y quedan excluidos los productos lácteos, lo que reduce de manera importante la ingestión de calcio.

Esta dieta suele provocar un efecto rebote, caracterizado por una rápida ganancia de peso, que se traduce en un aumento de masa grasa y pérdida de masa muscular. Esto obedece a que el metabolismo se adapta a la disminución drástica de la ingestión de energía mediante una disminución del gasto energético. Al aportar pocas calorías, del orden de 1.200 calorías diarias, el riesgo para la salud es grande, ya que la grasa se quema muy rápido y pueden producirse cuadros de acidosis (acidificación del pH de la sangre) y cetosis (presencia de cuerpos cetónicos en sangre).

Dada la escasa oferta de alimentos que contiene, suele considerarse monótona, por lo que se abandona al poco tiempo, además de presentar numerosas deficiencias en nutrientes, sobre todo si se prolongan por largos períodos de tiempo. La exclusión de leche y productos lácteos (queso, yogures, etc.) determina deficiencias de calcio y, en consecuencia, riesgo de osteoporosis e hipertensión.

Además, el contenido proteico de esta dieta es superior al doble de lo recomendado (entre un 10-15% de la energía que aporta la dieta debe proceder de las proteínas, debiendo combinarse proteínas de origen animal y vegetal), lo que puede suponer, además de una sobrecarga renal, una ingestión insuficiente de otros nutrientes esenciales.

Dieta de Montignac

Michel Montignac cambió las dietas de toda la vida y rechazó el método tradicional de adelgazamiento hipocalórico. Con su sistema, según señala, no se pasa hambre, sino que solo se prescinde de ciertos alimentos que fomentan el aumento de peso.

La Dieta de Montignac se fundamenta en el índice glucémico de los alimentos que se consumen, más que en su contenido calórico (energético), que no se considera clave. Es decir que la elección de los alimentos al establecer un régimen de adelgazamiento se condiciona por su contenido en glúcidos (azucares), ya que un exceso de estas sustancias impediría al páncreas procesarlas y, por tanto, nos provocaría un aumento de peso.

Esta dieta clasifica los alimentos en “buenos y malos”. Los buenos serían los que provocan una liberación pobre de glucosa en sangre, entre ellos se recomiendan: pan integral, las verduras, la fruta fresca, la soja, los cacahuetes, la mermelada sin azúcar, las legumbres, los lácteos, el zumo natural, los cereales integrales o los guisantes.) y los “malos”, los que provocan un fuerte aumento de glucosa, como los dulces y la bollería, el pan blanco, las harinas y cereales refinados, las patatas, la miel, el maíz y la maltosa (presente en la cerveza), y que son productos que deberíamos excluir de nuestro régimen si padecemos obesidad.

Esta dieta puede ocasionar ciertos efectos secundarios como la excesiva rapidez en la pérdida de peso, deficiencia de minerales, vitaminas y fibra, aumento del ácido úrico y del colesterol, así como mal sabor de boca. Un desequilibrio entre el aporte excesivo de proteínas e insuficiente de hidratos de carbono puede ocasionar descalcificación ósea y daños renales por exceso de nitrógeno. También pueden causar fatiga y mareos por falta de hidratos de carbono, ya que la glucosa, un sustrato deficiente en estas dietas, es la fuente de energía preferida por el organismo. El contenido proteico de esta dieta es superior al doble de lo recomendado (entre un 10-15% de la energía que aporta la dieta debe proceder de las proteínas), lo que puede suponer, además de una sobrecarga renal, una ingestión insuficiente de otros nutrientes esenciales, y se pueden aumentar los niveles de ácido úrico y pueden provocar ataques de gota en personas con hiperuricemia (niveles de ácido úrico alto).

Dieta disociada de Hay

La Dieta Disociada o separada de Hay tuvo su inicio entre los años 1900 y 1920. Es la “dieta milagro” más frecuentemente realizada en los últimos años. Se basa en el fundamento de que los alimentos no contribuyen al aumento de peso por sí mismos, sino al consumirse según determinadas combinaciones. Por esta razón, no limita la ingestión de alimentos energéticos sino que pretenden impedir su aprovechamiento como fuente de energía con la disociación durante la digestión en el estómago.

Sostiene la teoría de que los hidratos de carbono no pueden ser consumidos junto con las proteínas, ya que las proteínas se digieren en medio ácido y los hidratos de carbono en medio alcalino. En principio, este tipo de consumo es casi imposible, porque no existen alimentos que solamente contengan proteínas o hidratos de carbono.

En esta dieta, se prohíbe el consumo de leche, frutas, casi todas las verduras, pan, pasta, cereales, arroz, féculas, legumbres, azúcar, dulces, etc. Sólo se pueden tomar carnes, pescados, huevos, embutidos, algunos quesos, café, e incluso se permite la toma de grasas, aceites, vísceras, mariscos y en algunas ocasiones alcohol.

Esta dieta carece de fundamento científico y los resultados obtenidos sólo obedecen a un menor consumo de energía. Además, lleva fundamentalmente a una pérdida progresiva de la motivación para ingerir alimentos, ya que cada día al paciente sólo le está permitido la ingesta de un solo alimento, aunque en cantidades elevadas.

La leche y los productos lácteos (queso, yogures, etc.) son una importante fuente de proteínas de elevada calidad, lactosa, vitaminas y, principalmente, de calcio, mineral fundamental para la formación de los huesos y dientes. Se deben consumir de 2 a 4 raciones de lácteos al día, variando según la edad y estado fisiológico (embarazo, lactancia, etc.). Finalmente, se debe promover el consumo diario de frutas, verduras y hortalizas, hasta alcanzar, al menos, 400 g/día. Esto es, consumir, como mínimo, cinco raciones al día de estos alimentos.

Fuente.-carmelorivero

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1 Comentario

  1. Buenos días,
    Me sorprende este artículo de protesta contra las dietas y descalificaciones sin rigor científico hasta el punto de mezclar índice glucémico y cebadores del ciclo del ácido cítrico con tener una tenia o una filaria. Hoy la ciencia puede aclarar muchos conceptos sobre la dieta y explicar muchas de las dietas criticadas.
    1. Engordamos como resultado de una dieta hipercalórica (comer más de lo que gastamos) e hiperglucémica (una dieta con alto contenido en alimentos con glucosa de asimilación rápida, que son tanto los azúcares, como las harinas refinadas, papas cocidas, arroz muy cocido, etc). La velocidad de asimilación de la glucosa de la dieta es lo que se conoce como índice glucémico. En los alimentos crudos, el índice glucémico es mucho menor que en los cocinados, de forma que una dieta con hortalizas crudas tiene menor índice glucémico que con vegetales procesados y cocinados. La zanahoria cruda no engorda, pero la crema de zanahoria es como un puré de patatas, con alto índice glucémico. El índice glucémico valora la cantidad de glucosa de un alimento, su procesado, su contenido en fibra (cuanta más fibra, menor índice glucémico), su grado de cocción, etc.
    Al fin y al cabo es volver al origen de los carbohidratos, cuando la industria alimentaria no los había procesado quitándoles la fibra que tienen de forma natural.
    2. Las dietas hiperglucémicas inhiben los mecanismos para usar la grasa corporal como energía. Esto se debe a la acción de la insulina, hormona que estimula fabricar grasa a partir de la glucosa de la sangre (azúcares y harinas refinadas engordan en las personas sedentarias) al mismo tiempo que la insulina activa que se use la glucosa como fuente de energía (inhibiendo quemar grasa).
    3. Al hacer un cambio de dieta, intentamos recuperar la capacidad para usar la grasa corporal, y como no la oxidamos correctamente, producimos acetona. Este fenómeno que describe Dukan y Atkins como algo bueno, es lo peor que podemos hacer a nuestros riñones. Los riñones al filtrar acetona para eliminarla, no pueden filtrar ácido úrico, de forma que aumenta en plasma, así como corremos el riesgo de sufrir cálculos renales.
    4. Si la peor crítica que podemos hacer a Dukan y a Atkins es entrar en cetosis, lo podemos evitar activando el ciclo del ácido cítrico (o ciclo de Krebs), que es una ruta metabólica clave en la oxidación de la grasa corporal.
    Esto es lo que hacemos con la dieta del limón (una fuente natural de ácido cítrico) o con el ácido aspártico (que en su día llamamos factor 2). Podemos regular la acidez del ácido cítrico del limón con carbonato cálcico, como hacemos en los sobres de CitricDiet.
    5. Si bien la fase 1 de Dukan consiste en entrar en cetosis, lo cual criticamos, la fase 2 es llevar una dieta hipoglucémica (una fuente de proteínas, como carne, pescado o huevos; con ensalada o verdura poco cocinada y procesada). La fase 2 de Dukan es una dieta hipoglucémica, como la dieta de Montignac, como la dieta Southbeach, como la dieta de la Zona (ésta además resalta la importancia de los ácidos grasos esenciales); en su conjunto dietas como la dieta del Neolítico (en el origen de la agricultura y la ganadería).

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